jueves, 29 de mayo de 2008

LA FILOSOFÍA: ¿CONDENADA A DESAPARECER?


Tradicionalmente, siempre que se quiere dar una definición de filosofía se acude a su etimología: amor a la sabiduría, haciendo eco de paso a la misma autodefinición Pitagórica del filósofo como amante de la sabiduría, y considero que sigue siendo válido, por esto en la primera parte de esta ponencia trataré de justificar el porqué de la validez de dicha tesis, haciendo uso de los argumentos fenomelógicos dados por Husserl a través de uno de sus más fieles discípulos en Colombia como lo es el doctor Daniel Herrera y al igual que algunos elementos ofrecidos por el doctor Germán Vargas Guillén, en su libro pensar sobre nosotros mismos. Ya en un segundo momento me centraré en la realidad actual de la filosofía, teniendo en cuenta a dos filósofos contemporáneos, a quienes a su debido tiempo me encargaré de presentar.

a. FILOSOFÍA COMO AMOR A LA SABIDURÍA
En primer lugar, el saber es el título con el cual se hace posible caracterizar la experiencia mundano-vital humana; por lo tanto se sabe quiere decir tanto como se vive, lo que en términos fenomenológicos, según señala Daniel Herrera, en su artículo El yo en la fenomenología husserlina, publicado en la revista mexicana Revista de filosofía, No. XXIV, significa: “conocer es vivir”. Saber es vivir, pero la explicitación de la vivencia es el horizonte de una reflexión filosófica en cuanto no se trata de mantener un simple espontaneísmo desde el cual el sujeto da un punto de vista único y válido del mundo.

De hecho, la vida cotidiana está llena de presupuestos desde los cuales se hace la acción, pues todos los sujetos, en principio, al actuar tienen una justificación para realizar tal o cual comportamiento. Pero cada comportamiento es susceptible de interpretación por cualquier otro que se relacione con la acción dada, de ahí que tal acción puede ser juzgada como buena o como mala, llegándose a decir, incluso, que se actuó de buena o de mala fe.

En fin, todo sujeto, tanto quien actúa, como quien juzga la acción es conciente del saber del mundo y de poder explicitar el sentido de su acción. En otras palabras, esta es una paradoja que inquieta a la filosofía: conocer es vivir y cada quien sabe suficientemente sobre sí mismo tanto como del sentido de su acción; sin embargo, lo que sabe de su experiencia es materia de interpretación por los demás, quienes a su vez saben de la experiencia propia y como parte de la misma refieren la acción del otro. Lo que nos dice por tanto que no nos podemos conformar con la idea de que el saber, que es a su turno mi propia experiencia, se reduzca a la esfera de mi subjetividad, pues de sobra sabemos las consecuencias que esta actitud puede producir.

En este momento tenemos ya un gran tema de reflexión filosófico, tan actual como en la época griega, pero que parte justamente de la idea ya señalada que saber es vivir, ésta es: la experiencia humana de su actuar y el acontecer cotidiano, o la experiencia humana del mundo, y en este sentido hay quienes tienen una experiencia primordialmente científica, otros la tienen estética, otros desde la política, y así sucesivamente. Dicho de otra forma: el esfuerzo racional se centra en este énfasis o forma de ver el mundo, como consecuencia de estar enraizado en una u otra dimensión epistemológica.

Retornando a la pregunta ¿Para qué aún la filosofía?, un primer intento nos haría decir: para entender cómo este mundo –que cada uno experimentamos- llegó a ser como es y en consecuencia, para comprender, a partir de la interacción con los otros, qué perspectivas y horizontes se abren a partir de nuestro presente vivencial.

En segundo lugar, en la filosofía como amor, el amor debe ser entendido como el goce de estar cerca de la realidad, (así como el enamorado siente placer de la cercanía de su amada) entendiendo el goce como el placer y el asombro; como la certeza de estar íntimamente cerca del objeto de nuestra curiosidad y la incertidumbre relativa a las facetas que no se hacen evidentes inmediatamente, es decir el aspecto desde el cual se experimenta la plenitud y el vacío, dadas como unidad indisoluble.

Amor a la sabiduría, en resumidas cuentas, es así y por lo tanto, amor a la vida. Si queremos comprender la cotidianidad tenemos que radicalizarnos en la convicción absoluta de que algo hemos experimentado y que, a partir de ello, podemos no sólo comprender el sentido de lo dado, sino también descubrir las posibilidades de nuestro devenir. Tenemos claro, siguiendo la terminología de Husserl, muy bien explicada por el doctor Herrera, que lo que nos mueve a conocer es la curiosidad, más aún el instinto de curiosidad y como curiosidad aparece como cada una de las formas de ser en el mundo; en este sentido no hay esfera de la vida en la que no se nos haga presente el querer saber (o amor y sabiduría); sin embargo, de lo que se trata es de encaminar ese instinto de curiosidad como un proceso de llegada hacia las cosas mismas.

Por lo tanto, saber es una decisión humana y, al mismo tiempo, es una necesidad de situarse en el mundo. Cuando nos movemos sólo por la necesidad nos estamos moviendo desde una actitud ingenua o natural, mientras que cuando lo experimentamos como decisión lo identificamos como una actitud reflexiva, fenomenológica y trascendental, como ya lo dijera Kant, en su momento. Los dos eventos son necesarios, pero sin lugar a dudas sólo la reflexión, que ha sido motivada por el amor, nos descubre lo que no somos o lo que no tenemos claro: en nuestra expriencia vivida, en nuestro devenir cotidiano, de nuestro presente viviente, de nuestra localización en el mundo, de los horizontes abiertos, del futuro. Porque, como dice el doctor Germán Vargas, refiriéndose al mito platónico sobre el amor: es necesario que lleguemos a amar la sabiduría sólo si descubrimos que nos hace falta, que no la tenemos, que la experiencia contiene –por el hecho de ser vivida- infinidad de significaciones que sólo anticipamos y prevemos.

Hasta aquí la primera parte: donde podemos concluir que filosofía es efectivamente amor a la sabiduría y quien se dedica a esta tarea un amante de la misma, porque en esencia ella es un arte que responde a ese deseo casi natural de querer saber, sólo que mediado por la reflexión sobre nuestra experiencia cotidiana del mundo de la vida, pues no hacerlo de esta manera sería seguir nuestro instinto de curiosidad, y de una vida sin conciencia, nada más lejos e incompartible con la actitud filosófica. Ahora pasamos a ese segundo momento, ya mencionado.

b. LA FILOSOFÍA EN LA ACTUALIDAD
A este respecto quiero traer a colación dos autores uno latinoamericano y otro europeo. El primero es Mario Bunge, Argentino destacado en el campo de la filosofía y la Metodología, quien afirma: “Richard Rorty y otros autores han afirmado que la filosofía está muerta. Yo creo que sigue viva, aunque gravemente enferma. Y sigue: los filósofos actuales se limitan a comentar las ideas de otros, o hacer especulaciones estériles: no abordan problemas nuevos, no se enteran de lo que pasa en las ciencias y las técnicas, ni se ocupan de los problemas que afronta la humanidad”. En este sentido para Bunge, la ciencia empírica ha esclarecido ya las grandes cuestiones de la filosofía, por lo que ésta tiene que adaptarse a su nuevo papel, cooperador con las ciencias, pero sobre todo con la técnica, ya que esta última es capaz de encontrar respuestas a las más angustiosas dificultades que enfrenta la humanidad. Sella esta concepción tajante sobre el pensamiento contemporáneo, en una entrevista dada a la revista Tendencias científicas, al afirmar que:

Por ejemplo, los ontólogos imaginan mundos posibles, pero ignoran el único real; los gnoseólogos siguen creyendo que las teorías científicas son paquetes de datos empíricos; los filósofos morales discuten a fondo el problema del aborto, pero descuidan el tema más grave del hambre, la opresión y el fanatismo. Y los filósofos de la técnica suelen, ya elogiarla, sin ver que hay técnicas malas y otras buenas, y que incluso las buenas pueden tener resultados perversos, tales como el desempleo.

El otro autor que quiero hacer presente en este momento, por lo que significa y representa para la filosofía y además porque nos cae muy bien, teniendo en cuenta los argumentos expuestos hasta el momento, y en cierto sentido da una respuesta a las inquietudes de Bunge es Karl Popper, en modo particular citaré algunos de sus apartados de la ponencia Tolerancia y responsabilidad intelectual, pronunciada por él el 26 de mayo de 1981 en la Universidad de Tubinga, publicada por la revista ALEPH, p. 54-64.

En esta ponencia Popper después de describir algunos de los desastres ocasionados por la humanidad, en modo particular lo sucedido con el pueblo judío, la realidad de los refugiados de Vietnam, las víctimas de Pol Pol en Camboya, los refugiados de Irán, de Afganistán, los mismo desastres ocasionados por la Iglesia, ya iniciados por la ira de Moisés tras bajar de la montaña y encontrar el becerro de oro, y en general todos aquellos niños, mujeres y hombres que vuelven a ser víctimas de los fanáticos de turno ebrios de poder en cada momento de la historia, se plantea las siguientes preguntas: ¿qué podemos hacer para impedir estos indescriptibles sucesos?¿podemos nosotros, en general, hacer algo?¿y podemos nosotros, a fin de cuentas, impedir algo? Mi respuesta a estas preguntas, dice Poper, es: “Sí, creo que nosotros podemos hacer mucho. Cuando digo ‘nosotros’ pienso en los intelectuales; por tanto, en personas que se interesan por las ideas; especialmente, en aquellos que leen y que quizá también escriben”.

Luego continúa: ¿por qué pienso que nosotros los intelectuales podemos ayudar? Sencillamente por esto: porque nosotros, los intelectuales, desde hace milenios hemos ocasionado los más horribles daños. La matanza en nombre de una idea, de un precepto, de una teoría: ésa es nuestra obra, nuestro descubrimiento, el descubrimiento de los intelectuales. Y continúa: si dejáramos de incitar a las personas unas contra otras –a menudo con las mejores intenciones-, sólo con eso se ganaría mucho. Nadie puede decir que ello sea imposible.

En esta perspectiva y bajo esta infinita humildad apela a la honradez intelectual de Voltaire, quien dijera en su momento, definiendo el concepto de tolerancia, objetivo principal de su ponencia: Tolerancia es la consecuencia necesaria de la comprensión de que somos personas falibles: equivocarse es humano, y todos nosotros cometemos continuos errores. Por tanto, dejémonos perdonar unos a otros nuestras necedades. Esta es la ley fundamental del derecho natural”. Voltaire reclama la tolerancia como el perdón mutuo de nuestras tonterías y Popper la recarga de significado cuando afirma que una de nuestras principales tonterías o la más frecuente es justamente la intolerancia, causa de todas nuestras desdichas, baste para ello dar una ojeada a nuestro panorama nacional e internacional, no obstante las leyes nacionales e internacionales que la recriminan. Otra de las necedades que no se puede tolerar a los intelectuales, dice Popper, es esa tendencia a ir con la última moda, necedad que ha inducido a muchos a escribir en un oscuro y pretencioso estilo de grandes, oscuras, pretenciosas e incomprensibles palabras.

Es así como Popper llega al objetivo de su crítica: el relativismo, puesto que tolerar ese modo de escribir es intelectualmente irresponsable, destruye el sano entendimiento humano, la razón y hace posible esa postura relativista que conduce a la tesis de que todas las tesis intelectuales son más o menos justificables, llegando a una anarquía, a la ausencia de la legalidad, y así, al dominio de la fuerza; por ello es que él va a proponer algo que define como pluralismo crítico o postura según la cual, en interés de la búsqueda de la verdad, toda teoría –cuantas más teorías mejor- debe admitirse en competencia con otras teorías. Y obviamente tal competencia consiste en la discusión racional de la teoría y su eliminación crítica. En palabras de Popper:

la discusión es racional, y esto significa que se trata de las teorías competidoras: la teoría que, en la discusión crítica, parezca acercarse más a la verdad es la mejor; y la mejor teoría elimina a las teorías peores. Se trata, pues, de la verdad. La idea de la verdad objetiva y la idea de la búsqueda de la verdad son aquí de una importancia decisiva.

Y es que esta actitud del pluralismo crítico genera una ética de enorme proporciones donde reconocemos nuestra ignorancia humana, ponemos en práctica la tolerancia, y como señala Popper en la misma ponencia, cerramos cualquier espacio a la intolerancia, a la violencia y a la crueldad, y según mi perspectiva se superarían gran parte de las dolencias que afrontamos actualmente como son los fundamentalismos, las pretensiones de poder, las injusticias, las discriminaciones, entre muchos otros, pues todo estaría, según Popper, citando a Jenófanes expuesto a conjetura, pues lo que se pretende es la verdad objetiva y no mi propia verdad, ya la verdad en este caso no se confunde con seguridad. Para ello Popper señala 3 principios:

1. El principio de falibilidad: quizá yo no tengo razón, y quizá tú la tienes. Pero también podemos estar equivocados los dos.

2. El principio de discusión racional: queremos intentar ponderar de la forma más impersonal posible nuestras razones a favor y en contra de una determinada y criticable teoría.

3. El principio de aproximación a la verdad: a través de una discusión imparcial nos acercaremos casi siempre más a la verdad, y llegamos a un mejor entendimiento, incluso cuando no alcanzamos un acuerdo.

Indiscutiblemente, estos son tres principios epistemológicos y éticos a la vez, pues en la medido en que busco la verdad pongo en práctica la tolerancia, reconociendo al otro como mi igual, por lo tanto esta propuesta Popperiana es una ética para los intelectuales o como el mismo dice una ética para los profesionales intelectuales de todas y cada una de las ciencias; una ética de tolerancia y honradez intelectual. En ese mismo texto que me hubiera gustado traer completo esta noche, pero del cual recomiendo su lectura, presenta Popper 12 principios que deben ser rectores en nuestro quehacer cotidiano intelectual y no intelectual, pues como lo decía al principio todos como seres en el mundo deseamos conocer, pero debemos poner en juicio el resultado de dicho proceso, y qué mejor que teniendo en cuenta esta perspectiva.

Para concluir, el amor a la sabiduría, o en fin la filosofía, parafraseando lo dicho por Platón en el Banquete, es la actitud en la que se nos descubre la riqueza y la pobreza de lo que hemos vivido, de lo que estamos viviendo y de lo que podemos vivir. Por lo tanto considero que la pregunta en este momento no es ¿para qué aún la filosofía?, sino más bien ¿cómo es posible vivir sin filosofía?

sábado, 26 de abril de 2008

El amor una realidad dual

EL AMOR UNA REALIDAD DUAL

José Julián Ñáñez R.
Comentario inicial:
La filosofía, por su característica propia de saber especulativo, frente al tema propuesto para la reflexión de esta noche, antes de cualquier comentario al respecto, se plantea la pregunta por la esencia misma del tema; es decir, lo que él es. Al buscar respuestas a lo largo de la historia misma de la filosofía, nos damos cuenta que este es un tema que se ha tratado poco desde el rigor de la filosofía, aunque sí por muchos otros, baste dar un vistazo en el entorno, respecto al mismo. Quienes lo han hecho:
Platón (Fedón y el Banquete)
Feuerbach (Principios de la filosofía del porvenir)
Freud (contribuciones a la psicología del amor; En obras completas)
Ortega y Gasset (entre otros textos, en su correspondencia con Victoria Ocampo)
Nietzsche desde algunos de sus aforismos que se pueden rastrear a lo largo de su obra

El cristianismo lo ha hecho pero siempre visto como un don de Dios, pero igual como proyecto de vida, lo que no se puede tomar en sentido estricto como filosofía, sino más bien como teología.




Reflexión:
En este sentido, dentro de las coincidencias que encontramos en estos autores, en especial dentro de los modernos, es que para ellos el amor debe ser considerado como una dimensión de la experiencia humana que estructura nuestro ser en el mundo, entendiendo la afirmación estructura como aquello que determina nuestro comportamiento. Por lo tanto es algo vital[1].

Hasta aquí, a pesar de lo dicho, no hemos definido lo que es el amor, por lo tanto desglosemos un poco lo que significa la afirmación anterior; es decir, qué se entiende por el término AMOR: es el goce-de-estar-cerca-de-la-realidad o del objeto del deseo. Aquí goce es tanto placer (gusto, satisfacción) como asombro (invitación a la contemplación); en otras palabras, la manifestación plena y espontánea del ser de las cosas; la certeza absoluta de estar íntimamente cerca del objeto de nuestra curiosidad y la incertidumbre relativa a las facetas que se nos hacen plenamente evidentes (el objeto amado nos cuestiona, nos proyecta y por lo tanto nos crea preguntas, es decir pone frente a nosotros incertezas).

AMOR, en estos términos es la paradoja de la existencia humana, a saber, la de plenitud y vacío, dadas como unidad indisoluble. Certeza de poderse atener a las cosas e incertidumbre frente a lo todavía-no dado y a penas anticipable de nuestro acontecer; el horizonte de nuestra infinitud y el sentimiento de nuestra finitud, una dualidad en la que difícilmente encontramos término medio.

Para profundizar y confirmar lo hasta ahora dicho, acudo al mito propuesto por Platón en el Banquete, sobre la concepción de EROS. Me permito citar completo el hermoso relato de Platón al respecto:

Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y, entre otros, estaba también el hijo de Metis. Después de que terminaron de comer, vino a mendigar Penía, como era de esperar en una ocasión festiva, y estaba cerca de la puerta. Mientras Poros, embriagado de néctar –pues, no había vino-, entró en el jardín de Zeus y, entorpecido por la embriaguez, se durmió. Entonces, Penía, maquinando, impulsada por la carencia de recursos, hacerse un hijo de Poros, se acuesta a su lado y concibió a Eros. Por esta razón, precisamente, es Eros también acompañante y escudero de Afrodita, al ser engendrado en la fiesta de nacimiento de la diosa y al ser, a la vez, por naturaleza amante de lo bello, dado que también afrodita es bella. Siendo hijo, pues, de Poros (riqueza) y Penía (pobreza). Eros se ha quedado con las siguientes características. En primer lugar, es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como lo cree la mayoría, es, más bien, duro compañero siempre de la indigencia por tener la naturaleza de su madre. Pero por otra parte, de acuerdo con la naturaleza de su padre, está al acecho de lo bueno; es valiente, audaz y activo. Hábil cazador, siempre urdiendo alguna trama, ávido de sabiduría y rico de recursos, un amante del conocimiento a lo largo de toda su vida, un formidable mago, hechicero y sofista. No es por naturaleza inmortal ni mortal, sino que en el día unas veces florece y vive, cuando está en la abundancia, y otras muere, pero recobra la vida de nuevo gracias a la naturaleza de su padre. Mas lo que consigue siempre se le escapa, de suerte que Eros nunca ni está falto de recursos ni es rico, y está, además, en medio de la sabiduría y la ignorancia. [2]

Analizando el mito, Eros, presentado como hijo de Poros y de Penía, lleva dentro de sí la riqueza y la pobreza, la plenitud y la insatisfacción, heredada cada característica de sus progenitores. No por nada, CAMUS, haciendo presente el mito de Sísifo, y refiriéndose a la experiencia amorosa de DON JUAN señala que: una mujer linda siempre es deseable, pero DON JUAN, quiere otra, esta no es su condición sino su condena (pues los dioses lo han castigado). Esto porque la experiencia amorosa no se agota en un acto de amor; en términos más filosóficos, no hay un en quién y un qué darle término y que agote el amor en su totalidad; porque como se señala anteriormente el AMOR es un horizonte de experiencia, finita e infinita, no un dato o una realización o un acto, o leído desde la perspectiva de ARISTÓTELES es una potencialidad que se hace acto, pero que puede volver a ser, ahora de otra forma.

Visto en esta perspectiva, el AMOR, o mejor aún AMAR, acción a través de la cual el anterior se hace realidad, es una intencionalidad, una condición de posibilidad; porque, si bien se quiere a alguien, se siente aprecio por alguien, se padece por su ausencia y se goza por su presencia, se entristece uno por su tristeza y se alegra por sus logros, ahí no se agota el amor, se quiere más, e infinitamente todavía más. No hay que olvidar su naturaleza de plenitud (abundancia, amoroso) y su insatisfacción (carencia, necesidad de más); Poros y Penía presentes en una misma realidad.

Esta doble connotación de naturaleza del amor, presentada por PLATÓN a través de su mito del Banquete, y que se puede inferir en CAMUS en su análisis de DON JUAN desde el mito Sísifo, es la que nos puede llevar a incurrir en el error de confundir el amor con un objeto amoroso, sea la persona más valiosa o el ideal más noble.

Se desea, se satisface el deseo; se quiere, se realiza y se mantiene la querencia; pero amar, propiamente hablando, es un modo de tomar lugar en el mundo, es una aptitud frente al mundo; es algo así como que estamos constantemente buscando algo con nuestras vidas, la búsqueda del sentido, que tiene metas, pero no tiene término.

En este sentido, el amor es una idea regulatriz que nos permite orientarnos a lo largo de la vida o al menos ponernos en búsqueda de algo, pues como lo definió FEURBACH, en principios de la filosofía de porvenir, el amor es pasión, y sólo la pasión es el signo verdadero de la existencia, es decir aquello que nos confirma como seres existentes, lo que nos diferencia por tanto entre el ser y el no ser, la prueba ontológica de que somos al igual que lo que nos pone en movimiento dentro de ese existir.

Por ello el amor, no es ni bueno ni malo, simplemente es y nos permite ser, por ello está presente en cada individuo ya que es condición natural e innata, lo que varía de él es la forma como nos damos a la tarea de llevarlo a la práctica y esto lo heredamos de la sociedad en la que nos circunscribimos y varía en la misma forma como vamos tomando distancia de ella; en este sentido considero lo que afirma FROM de que el amor es un arte que es aprendido o mejor aún que debe ser aprendido, y como arte es perfeccionado por la pericia y los dones que la naturaleza ha tenido a bien dar a cada artista.

Veamos ahora un grupo de diapositivas son definiciones no de filósofos consagrados, sino de pensadores inocentes para quienes su experiencia de amor es la que han aprendido de sus padres y de su limitado entorno social. Veamos: (¿qué es el amor?).



[1] Cf. Vargas Guillén, Germán. Pensar sobre nosotros mismo. Bogotá, Ed. San Pablo, 2002, p. 53-54. La siguiete reflexión está toda ella basada en este texto.
[2] PLATÓN, Banquete. 203-204. En: Diálogos. Madrid, ed. Gredos, 1986, 249-9.